lunes, 10 de junio de 2013

Litha. Solsticio de Verano

Litha. Solsticio de Verano

Entre el 20 y el 23 de Junio cuando el sol alcanza el trópico de Cáncer.


     El solsticio de verano, entre el 20 y el 23 de Junio en el hemisferio norte, entre el 21 y 22 de diciembre en el hemisferio sur, marca el inicio del verano.
     Como dije en el apartado de Ontoenergética del verano, del exterior nos llega mucha energía solar en forma de luz y calor. En el interior de los organismos la situación es expansiva. Hay mucha energía fuera y también dentro. Por eso en las horas de máxima expresión energética, los organismos tienen la sensación de no poder hacer nada o, en todo caso, lo hacen con dificultades; y si se fuerza en demasía el organismo se puede sobrecargar hasta colapsarse (golpes de calor, desmayos, insolaciones…). Cuando la temperatura externa en los organismos homeotermos (de sangre caliente) iguala o supera la propia, la expansión del mismo queda bloqueada, su actividad cesa, resulta inoperante; si entonces el cuerpo, defensivamente, se contrajera, el calor se concentraría en su interior y los órganos vitales se deteriorarían, por ello el cuerpo debe refrigerarse por diversos medios; en el caso humano por medio del sudor. Al evaporar sudor se pierde calor interior. Por ello el flujo vibracional propio del verano se le designa como elemento fuego.
     La vida al iniciarse el verano se expande por doquier. Los bosques se hacen frondosos y exuberantes de verdor, los prados están poblados de policromas flores y algunos frutos, los huertos con las hortalizas crecidas con abundancia de hojas, tallos y primeros frutos. Los cereales ya en su apogeo muestran sus hermosas  espigas que ya empiezan a dorarse. Por doquier la vida aparece vigorosa y fogosa. La Naturaleza parece embarazada a punto de alumbrar su abundancia, y así se representa a la diosa Litha, que personifica la personalidad de estos días. Es fácil vivir en verano, es lo extrovertido, activo, fecundo, festivo… de aquí que aparezca vinculado a la emoción de “Alegría de vivir” y del “Amor”.

     El solsticio de verano que, siguiendo su denominación céltica, denominamos Litha marca el cenit del sol, el día más largo del año, en Junio en el hemisferio septentrional y en diciembre en el hemisferio meridional. El poder del sol está en su cúspide, en su máximo energético. Los antiguos celtas también lo llamaban “Alban Hefin” (Luz de Verano). Se dice que toma el nombre de una antigua diosa pre-céltica conocida en Europa y Norte de África como diosa de la fertilidad, del poder y del orden; la palabra “litha” designa “rueda”, aludiendo seguramente al ciclo del sol que ahora está en su máximo esplendor. Se celebra el día más largo del año y en viejos tiempos era un gran acontecimiento desde, seguramente, el Neolítico, lo prueba las construcciones de los grandes círculos de piedras como Stonehenge, que están alineados con el alba del solsticio de verano. Su poder, para los antiguos ancestros, radica en que cuando el sol alcanza su momento cumbre coincide con el momento de máxima expresión de la vida; por eso los ancestros célticos consideraban que en Litha domina el elemento fuego.





    En Litha se celebra el tiempo entre la plantación y la primera cosecha. Mientras en los campos crece el huerto, los nuevos frutos se engrandan; en esta espera las gentes construían los útiles de caza y se preparaba lo cazado como reserva para hacer frente al invierno venidero. Los frutos más tempranos ya empiezan a recogerse, siendo la vida fácil, tranquila y agradable, por ello se celebra en comunidad y alegría.

     Estando en íntima conexión con la naturaleza, nuestros ancestros sentían la resonancia y armonía entre lo que acontecía en el mundo que los rodeaba y su mundo interno. Del mismo modo que el sol está en su momento cumbre de vitalidad y toda la naturaleza crece nutricia, nuestro sol  interior asimismo lo manifiesta. Nosotros, como el sol tenemos el poder nutricio (alimentar, sostener) y el compromiso de lucir tanto como podamos. Por ello nuestros antepasados encendían grandes hogueras ese día que permitía celebrar la íntima conexión con el poder vital del soberano astro del día, que hace que nuestro planeta brille, tenga calor y muestre el don de la vida.

. Los antiguos sacerdotes y sacerdotisas encendían fuegos en lugares sagrados, manteniéndolos activos durante toda la noche. Utilizaban antorchas y encendían ruedas que hacían rodar por pendientes. Con ello recordaban que este momento cumbre y de apogeo del poder solar significaba también el punto, a partir del cual, el sol iba a ir descendiendo en el cielo disminuyendo su poder en los seis meses que le siguen. La celebración continuaba con el alba, a la salida del sol del solsticio, haciéndose sonar los tambores -el latido de la Tierra- para activar al victorioso dios-sol y mostrarse en el día más largo del año. Así como en los nativo americanos el abuelo fuego representa el fuego eterno(o energía vital intemporal) e ilumina a la Abuela Tierra (el mundo físico), de su relación, de su afecto se genera la naturaleza, la Madre Tierra fecunda y el Padre Cielo, vivo, azul y portador de benéficas nubes de vida. Tierra y Cielo unidos bajo el efecto vitalizador del Sol genera el apogeo de la celebración de la vida y su esplendor. Todo ello se celebraba invocando el poder del fuego (luz, calor) y su efecto en el mundo dándole energía y vida.
.  Por ello se prendían  hogueras de maderas sagradas, se cantaba y danzaba alrededor de ellas y confiaban que su humo y aroma sagrado purificara el ambiente difundiéndose por los campos y bosques; también se realizaban procesiones festivas con lámparas y antorchas para aportar tal poder a los cultivos, campos y poblaciones. Las ruedas de fuego que descendían por las colinas recordaban que la fuerza y energía del fuego-luz, ahora en apogeo iría descendiendo por el horizonte y perdiendo su poder. Los antiguos observaban el devenir de ese descenso por la colina obteniendo augurios de cómo podría ser el resto del año por vivir. Si las ruedas quemaban bien, rodaban lejos y brincaban alto era señal de bondades para todo el año; en caso contrario se interpretaban sus incidencias como avisos a tener en cuenta y malos augurios.

     El fuego también es purificador, transforma lo denso en pura luz dejando sólo ceniza que es como la sal de la tierra. Los aromas de los leños sagrados son oraciones a las divinidades, ofrendas fragantes al Sol y la Tierra celebrando el pertenecer a sus criaturas. El significado de la danza alrededor del fuego es el regocijo de manifestar esta relación de pertenencia filial, es abrirse a las bendiciones de la luz y fragancias de la tierra que, liberadas, se difunden llenando el aire con su efecto purificador.


     La costumbre de saltar sobre la hoguera ya en brasas es un rito muy extendido en todas las culturas naturales del mundo. Marlo Morgan nos lo describe en su hermoso y misterioso libro “Las voces del desierto” relatando su experiencia en un grupo de aborígenes australianos. El fuego, en forma de brasas y su humo limpian y purifican, es como un renacer de ave Fénix. Deshacerse de lo caduco, de lo agotado, de lo innecesario, de las dependencias e inercias con la ayuda del fuego-luz y renacer en la pureza de una nueva vida. La limpieza es aúrica, energética, y no tanto física. Se salta en forma individual o en parejas en búsqueda de salud, abundancia, fertilidad y felicidad. Hablando de parejas, en Litha como también en Beltane se realizaban los ritos nupciales que no se habían podido realizar en Beltane. Otra actividad asociada al poder del fuego purificador es el de ritualizar la destrucción de cosas que ya no sirven, en especial propias; se puede dibujar o escribir algo que limita, bloquea o de lo que uno quiere deshacerse y luego le pide al fuego de la hoguera que los destruya. Su efecto dependerá del convencimiento de cada cual, porque el ritual no tiene poder a menos que le acompañe un firme intento.

     El fuego también es transmutador, con su apoyo y el contacto con nuestro fuego interno podemos transmutar nuestro plomo en oro. Pero en esto precisamos de la interacción de “Todas nuestras relaciones” (nuestro Ser, nuestros amados, nuestros ancestros, la gente de la comunidad, el planeta con su vida y el Sol). Si nos alineamos y armonizamos con estas fuerzas naturales y el poder de los que nos acompañan y rodean podemos hacer que acontezcan eventos y acontecimientos que, de forma individual, no somos capaces de desencadenar y menos aún desde el ego. En tal sentido, tal como hacían los antiguos sacerdotes y sacerdotisas tras pasar un día en meditación y ayuno, se puede contemplar el fuego y realizar una vigilia devocional.

    Dado que el poder del Sol y de la naturaleza están en su apogeo, Litha es una fecha para realizar magia, y digo realizar y no hacer, porque no es un acto banal, sino de poder. Definamos magia como el resultado de aplicar el poder personal conquistado por la integridad, libre de ego, libre de importancia personal. Y quien goza de poder personal impecable es capaz de percibir e interactuar con las fuerzas o poderes de los fenómenos naturales que nos rodean.
. La fuerza que denominamos “espíritu” es la cualidad o propiedad energética específica de un fenómeno energético natural interactuando con nuestro poder y espíritu. Así las montañas, las rocas, los valles, los ríos, bosques y seres vivos tienen su propia cualidad o propiedad energética con poder con la cual podemos confluir y así acrecentar nuestro poder. Por eso, esta noche de Litha, como la de Beltane y Samhain, es útil para adentrarse en la naturaleza y contactar con el espíritu o espíritus de la misma. Las leyendas y relatos de hadas y duendes de las tradiciones nos indican esta posibilidad. El poder llama al poder y en su encuentro aparece el desafío como nos relata repetidas veces Carlos Castaneda en sus relatos. Adentrarse en el campo y bosque nocturno nos relaciona con el misterio de lo oculto en la naturaleza, en sus peñas, árboles, cuevas, ríos, manantiales, pozos, etc. Y nuestra creatividad les dará forma y sustancia… Como en Beltane, el agua de manantiales, de arroyos y del rocío de esta madrugada aporta el poder de la Diosa, la madre Tierra, imbuido del gran poder del Astro Solar; que está apareciendo en el alba o que pronto aparecerá con su máximo esplendor y poder.


        Todo cuanto vamos a hacer para este encuentro bajo el influjo de la energía o espíritu de Litha tiene que ver con el amor y el respeto a la Madre Tierra y al Padre Sol; al poder de vida que manifiesta su interacción tanto a nuestro alrededor como en nuestro interior. Meditar acerca de nuestro modo habitual de implicación con la Madre Tierra, afianzar actitudes cotidianas Pro-Madre Tierra. Considerar qué tal abiertos estamos a que nuestra auto-realización se muestre con experiencias cumbres ahora que el Sol y la Naturaleza están en la culminación de su poder. Así avivamos nuestra conexión entre nuestro Ser interno y el de la  propia Naturaleza. Efectuamos caminatas para contactar y también recolectar respetuosamente los bienes que la madre Naturaleza ya nos ofrece como criaturas que somos de la misma.

. Construiremos formas redondas, amarillas, doradas o naranjas que nos conecten con el sol a fin de avivar el poder solar en nuestras vidas. Recordemos que el sol celeste nos recuerda la existencia de un sol interno que podemos ubicar en el Plexo solar. Tales formas, además de recordarnos su poder luminoso y su calidez en las estaciones venideras en las que los cortos y fríos días se manifestarán sirviéndonos de consuelo su evocación, nos indican que tal poder ahora reside en nuestro ser interior, en nuestro Ser interno siempre radiante de vida. Comprender que el máximo esplendor en todo es sólo un momento breve y, con ello, la importancia de vivir en el aquí y ahora donde y cuando surge cada una de estas experiencias pico.

    Se pueden construir varitas de poder, o mágicas, hechas por las propias personalidades creadoras y mágicos corazones jóvenes, que se llenan de su fuerza y nos recuerdan algunas verdades como que la magia es la aplicación del poder personal y que exige, además de voluntad o intento, de un proceso de maduración y evolución. Nosotros mismos somos estas varitas plenas de poder, nuestros cuerpos son canales que atraen, concentran y conducen fuerzas vibratorias de diversos tipos y que van más allá de nosotros mismos, de los estrechos límites en los que comúnmente nos desempeñamos. Así permitimos que nuestros hijos exploren tal poder para el bien de todos y de su propio bienestar junto al del planeta en el cual todos vivimos.
     El mostrar respetuosa sensibilidad abriéndonos a la posibilidad de atraer y participar del contacto con las fuerzas o poderes que emanan de los fenómenos naturales que continuamente nos rodean y que en consciencia acrecentada se pueden percibir y dar formas creativas representándolos como espíritus de la naturaleza, Hadas, duendes, etc., que tanto los niños como los adultos podemos recrear artísticamente.

    Y luego ver y participar con nuestros hijos en el baile a la energía solar frente al sagrado fuego con las máscaras, coronas solares, con guirnaldas y disfraces improvisados que se han realizado y que representan y sustancializan en esta importante jornada  de solsticio estival o Litha. Todos, ellos y nosotros como adultos participamos de este poder cósmico y natural, siendo parecidos al Sol en la propia luz y a la Tierra en vigor y entusiasmo vital. Celebrando todos juntos este día que es el más largo de todos los del año.

Noche de san Juan Bautista.


Baile ante hoguera de San Juan
    Esta celebración solsticial, como en todas las festividades de origen pagano, son muy anteriores a la época greco romana; fueron asimiladas a la tradición cristiana, obligándose a realizar pequeñas adaptaciones. En este caso se celebra el nacimiento de San Juan Bautista que, según los relatos bíblicos, nació seis meses antes que Jesús; por ello la fecha debía ser el 25 de junio, ya que la Natividad de Jesús es el 25 de diciembre. San Juan Bautista es quien bautizó a Jesús descendiendo el Espíritu Santo en forma de paloma y manifestándose como lenguas de fuego sobre las cabezas como imagen de iluminación. He aquí la conexión simbólica de fuego-iluminación y el aspecto de purificación.

     También unida a esta noche está muy extendida en España y Portugal la leyenda de “La Encantada”. Hace referencia a antiquísimas tradiciones orales mitológicas que, en diversas versiones, aparecen por toda la geografía ibérica. Unas veces se trata de una princesa cristiana, otras de una princesa mora, en ocasiones aparece como una ninfa o una especie de bruja. Todo su conjunto tiene una gran similitud con las referencias a las ninfas clásicas. Incluso el origen de su nombre. La denominación muy común de “mora” no tiene nada que ver con la época de dominación musulmana, sino más bien con la castellanización de nombres precristianos como Moura en gallego o aludiendo a la diosa vasca Mari. En castellano el nombre gallego Maura deviene en Mora. El término “Encantada” alude a la palabra prerromana “Kantos” que significa piedra u orilla con piedras. Todo ello hace referencia a una criatura mitológica y mágica que aparecía en lugares pedregosos a orillas de cauces y cuevas durante la noche del solsticio estival.

     La leyenda, esencialmente, cuenta que en la Noche de San Juan, aparece una bella joven de larga melena en cuevas o entre piedras junto a arroyos o manantiales peinándose el cabello con un peine de oro y tiene poder para hechizar a quien la contemple. Las leyendas dicen que caballeros y también pastores de diversas edades se encuentran con ella durante esa noche mágica y la joven les da a elegir entre quererla a ella o a su peine, e alguna otra leyenda se añade una daga. Si es viajero la elige a ella debe cargar con ella en su camino, pero se va haciendo cada vez más y más pesada hasta que el hombre desfallece y muere quedando vinculado al hechizo; si, por el contrario, elige el peine, ella lo maldice y se ve obligada a prolongar su hechizo durante cien años más.


     Véase su semejanza con otros mitos de espíritus de la naturaleza que siendo sorprendidos por humanos les responden con mágicos castigos.


Ernesto Cabeza Salamó

domingo, 9 de junio de 2013

Proyecto "Gaia, La fecunda Rueda de la Vida"

Proyecto "Gaia, La fecunda Rueda de la Vida"

         Somos conscientes de que nuestro mundo precisa una renovación en valores, ya no fundados en doctrinas y dogmas, sino en el sentimiento natural de que todos constituimos una familia y habitamos en un único hogar común: La Tierra.

         En la escuela aprendemos sus características y dimensiones y esos trazos de colores ribeteados por líneas que definen los países y sus fronteras. ¿Quién ha visto estos límites en el terreno? Estoy en un monte, al otro lado hay un valle y es otro país, o ese río, o esta costa. Los animalillos, las plantas, desconocen estos convencionalismos. Un árbol puede  tener la mitad de sus ramas y raíces en un país y otro al tiempo. Y a los gorriones y urracas que se posan en sus ramas les importa un bledo en qué país están.
         Si delimitamos territorios es más fácil administrarlos y también controlar a sus gentes, pero ¿necesitan ser controlados?
         ¡Qué maravilloso es ser ciudadanos del mundo! ¡Y qué difícil se pone por culpa de los políticos y demás dogmas!

         Nuestro planeta azul, una turquesa cósmica, orbitando junto con sus hermanos alrededor del Sol; y éste, en uno de sus brazos, alrededor de la Galaxia; y ésta íntimamente ligada a sus hermanas desde que el universo lo es. Todo ello constituye el Cosmos y la inimaginable energía que lo manifiesta con sus ignotas  leyes. Tratar de considerarlo como una unidad o entidad manifiesta lo denominado “Gran Misterio”. Todo es energía, todo es luz, todo es un gran holograma del cual, cualquiera de sus detalles, aún el más ínfimo, trae  consigo la totalidad.

         Meditando con una flor podemos llegar a lo inefable, aún con un grano de arena u observando al microscopio una mota de polvo. Esta es la grandeza que disponemos como humanos conscientes; podemos conmovernos y sentir resonar en nuestras entrañas el significado de la palabra “Misterio”. Nuestras enciclopedias engordan día a día con nueva información, pero toda esa información no puede hacer ni sombra a la impresión de maravilla y conmoción que sentimos al sintonizarnos con el Misterio.
         El conocimiento es como el horizonte, cuando crees alcanzarlo, está mucho más allá.
         El sentimiento de admiración, de respeto, de maravilla, de amor, de pertenencia al Misterio que “Todo-lo-es” lo llamo “Espiritualidad”. Me gusta más “espiritualidad” que “religiosidad” porque considero que no es preciso re-ligarse a lo trascendente, pues ya somos el propio “trascendente”. La motivación a trascender es la propia autorrealización y es un proceso siempre abierto a nuevos horizontes. Lo que me cuesta entender es cómo esta motivación de autorrealización puede pasar inadvertida para tantos congéneres. Tan sólo lo puedo explicar por el propio bloqueo a expandir la consciencia por rigidez y fijación de ideas y creencias.


         Pero esto no fue siempre así en occidente. Hace unos 5000 años esta armonía con el Misterio era el estado natural de todos cuantos habitábamos  en lo que ahora llamamos Occidente.
         En las comunidades agrícolas o nómadas de entonces toda la colectividad sin distinciones de edades, ni sexos participaba en la representación del Misterio a través de rituales, celebraciones y narraciones. Alrededor de la hoguera se cantaban viejas canciones, se relataban ancestrales historias; los abuelos transmitían su saber acumulado y experimentado en un clima sereno, misterioso y amoroso. En torno al fuego se bailaba con esas canciones y ritmos; y todos, absolutamente todos, participaban en la celebración, sencilla, pero rica, entrañable y trascendente. Se cantaba al amor, al viento, a la luna, al árbol, al río, al bosque, al desierto, al sol, a los ancestros, a las estaciones del año, a los espíritus... A la siembra, a  la recolección... Al amor, a la muerte... Al misterio entramado en la vida.

         Hoy en día los niños son unos marginados a los que se debe adaptar al mundo adulto; y a los ancianos unos seres a los que se les segrega y confina en “hogares geriátricos” a la espera de la muerte. ¡Qué mundo éste! Entre tanto se trata de negar el transcurso del tiempo de la vida tratando de mantener un aspecto juvenil, productivo, como parando el tiempo y la vida para cumplir con lo “obligado” (nuestra forma de vivir establecida). Así todos hemos sido domesticados, vivimos engañados y seremos segregados en su momento. Concebimos que de la nada procedemos y a la nada regresaremos, y en el intermedio generamos una imagen de ser algo con la certeza de su aniquilación. Esta forma de percibir e interpretar nuestro mundo causa desesperación existencial, y en ella la consciencia es un mero accidente de lo orgánico. Después, algunos admitimos la existencia de un “Gran Ente” al que llamamos Dios que nos ha creado y desde su dimensión celestial nos rige  y condiciona según su voluntad, al que debemos amar, obedecer y adorar y al que tras la existencia tendremos que rendir cuentas para obtener una eternidad de beatitud o de infinito pesar según nuestros pensamientos, decisiones y actos en vida. Un dios que salva o condena. Un dios que nos regala el mundo para que dispongamos de él y lo explotemos y poblemos. Un mundo que es un objeto puesto en nuestras manos. ¡Qué desastre!



         Antiguamente, antes de que naciera este dios, no había diferencia entre el mundo y los humanos; todos éramos lo mismo; no había diferencia entre el Cielo y la Tierra, ero lo mismo. La esencia del Misterio lo llenaba todo y adquiría infinidad de formas y combinaciones de todo cuanto existía. El humano  era esencia del Misterio en cuanto a consciencia y en cuanto a materia y todo ello era exactamente lo mismo. Por ello se concebía que no hay ni un principio, ni un final, y el humano puede a través de preguntarse por sí y por el mundo alcanzar a contactar con esta esencia y trascender dando con el Misterio en sí y su alrededor.

         Ahora nos proponemos recuperar este sentir de nuestros antiguos ancestros y algo interior me dice que ese es el camino. Pero me planteo el cómo hacerlo de un modo natural, espontáneo, cercano. Como adultos este deseo nace de nuestra introspección y del compartir pensamientos y sentimientos con otros; de buscar y experienciar nuestro propio sentir que lo confirme y  os satisfaga. ¿Pero qué pasa con los niños y adolescentes que, en un aspecto profundo, sienten la resistencia ¿natural? a asumir sus obligaciones como adultos? ¿Cómo incluirlos en nuestro sentir espiritual sin desatar su resistencia y rebeldía? Podemos contestarnos diciendo que les ofrezcamos esto de forma lúdica, pero ¿cómo? No es suficiente el darles a entender la alegría y el placer de contactar con el poder espiritual trascendente, porque también exige un compromiso y responsabilidad que no están en condiciones de asumir. En los más jóvenes tenemos como apoyo su innato sentido de lo místico, pero con la escolaridad y socialización se pierde.
         La respuesta asoma con sencillez. Hagamos como nuestros ancestros. Incorporemos en nuestra actual forma de vida la armonía sagrada de “vivir el presente”. Los niños la tienen de forma natural, ellos son felices cantando, bailando, celebrando en juegos la alegría de vivir. Sí, debemos crear tradiciones para cantar, bailar y celebrar la maravillosa abundancia de la vida en nuestro planeta. Esta se establece en etapas de una senda circular con sus celebraciones plenas de magia; de forma que aún siendo cíclicas año tras año, el sentido y significado de las mismas vayan adquiriendo nuevas comprensiones conforme se crece y madura. Y además puede aglutinar diversas generaciones en la misma actividad; cosa que nuestro mundo dificulta intencionadamente.

         Para nuestra visión espiritual es necesario que diversas generaciones se sientan implicadas en las celebraciones, sean rituales o no, y ofrezcan significados y faculten experiencias profundas e inspiradoras para todos los participantes. Sólo así, manifestando valores de comunidad, afecto y creatividad se puede comprender y acercar al sentir de la “Diosa Madre Tierra” que nos reúne en un único hogar, nos relaciona como hermanos siendo todos hijos de ella y posibilita infinitas posibilidades creativas. De este modo, lo que para muchos es una mera utopía, puede plasmarse como realidad compartida y sentida. ¡Qué más se puede desear! Así sembramos una nueva forma de sociedad y asentamos la alternativa forma de relacionarnos representada  en la expresión “por todas mis relaciones”.
         De este modo el mundo cognoscitivo, el Logos ((la ciencia natural (biología, ecología, geografía, etc.) y la ciencia humana (filosofía, pedagogía, psicología, sociología, historia, etc.) se unen en un campo único)), se manifiesta. No se da la contradicción de Ciencia versus religión. Las cosas no son cuestión de fe en dogmas y creencias. Los fenómenos tienen su base orgánica, física, filosófica, psicológica, histórica, pedagógica, etc., y sobre todo ello se experimenta y siente, se comparte.
         Lo afectivo, el Eros, ensalzando la fraternidad de todos, sin importar género, ni raza, ni edad, aflora. No hay jerarquía, no son actos organizados desde instancias de poder, no se da a su alrededor el consumismo. La Madre Tierra es el origen común y el hogar de todos sin importar que sean pueblos de un pie (árboles), bípedos, o cuadrúpedos; que sean alados, reptantes o nadadores. Todos estamos emparentados y nutridos por la Gran Madre. Y porque de ella proviene la nutrición, la restauración, la sanación, la compasión y el amor incondicional. Sólo limpiándonos de temores y heridas podemos restaurar nuestro equilibrio y armonía energética interior y sanarnos sanando a la vez a nuestras relaciones y al planeta.
         Y a Mithos, nuestra representación subconsciente simbólica, con nuestra genuina creatividad, a la accedemos al situarnos en un estado de atención y consciencia acrecentada, cuando aflojando el punto de encaje de la consciencia tenemos acceso al mundo arquetípico del inconsciente colectivo jungiano, a la psicosfera o dimensión mental común de todos los seres conscientes y no conscientes de nuestro planeta. Allí podemos experimentar los misterios que nos envuelven y obtener revelaciones, inspiraciones y visiones transformadoras.

         Estas celebraciones se enmarcan dentro de una gran rueda anual señalando los cuartos y la mitad de cada cuarto. Exactamente igual que nuestros antiguos ancestros cuando construían los círculos de piedras marcando lugares de poder o creando lugares de poder al unir mediante el intento la energía telúrica con la de los participantes de las celebraciones. Renovar ahora nuestra conexión con estos sagrados días de nuestro pasado y con los colectivos humanos que actualmente lo mantienen es para nosotros volver al hogar, a conectarnos con lo que esencialmente somos y que nuestra sociedad ha perdido u olvidado a lo largo de los últimos milenios. Todos los humanos, sin importar el tiempo, compartimos un yo profundo común, subconsciente con un paisaje interno poblado por mitos y arquetipos, alimentado por cuentos, leyendas y relatos con magia. Con estas celebraciones se pretende activar el contacto con este yo interior esencial y facilitar su exteriorización a través de la recreación dramática del ciclo de la Naturaleza año tras año.

         Así experienciamos y respetamos los ciclos anuales de la germinación, crecimiento, fructificación, decadencia y muerte; para nuevamente germinar y crecer. Seguir este ciclo con sus sensaciones profundas nos aporta equilibrio y serenidad. Es indudable que, de acuerdo con el ámbito de autorrealización, este revivir el drama adquiere diversa profundidad de comprensión, conocimiento e inspiración. Y este compartirlo con diversas generaciones le da un valor más sagrado.

         Hablo específicamente de la Madre Tierra, pero estos ciclos que celebramos son manifestaciones en el tiempo, creadas por la Tierra y el Sol en una interacción cósmica como indiqué al principio.
         Un ciclo es el tiempo entre el nacer-morir-renacer. Nos conecta con la naturaleza existencial de nuestro ser, con el propio self y nos enseña a abrirnos al instante e inmediatamente soltarlo dejándolo ir con plena gratitud. Nos enseña a vivir en el aquí y ahora y adquirir el desapego; hecho que favorece el recto discernimiento y la claridad de la consciencia. Esto ocurre especialmente en los equinoccios, cuando el día y la noche son iguales, pero sólo por un instante, en el tiempo entre una respiración y la siguiente y para repetirlo debe transcurrir un año completo. Las estaciones honran cambios graduales y las festividades crean pausas fundamentales. En su conjunto nos sitúan en el vivir cada momento presente con sabiduría.


         Magia es la impecable aplicación de nuestra energía o poder personal. Todo esto afina nuestra sensibilidad espiritual y nos hace adquirir poder al concebir nuestra vida y nuestro mundo como un misterio. Nos aleja de la importancia personal, de considerar a nuestros semejantes y a la propia naturaleza como objeto de propiedad y explotación. Todo participa de la misma esencia universal, pero adquiere su propia vibración particular por ello todo tiene su espíritu.

. Lo llamado “animismo” es una forma de expresar la incomprensión de esta sustancial verdad universal. Una piedra  tiene una peculiar vibración, nos dice algo con su textura, su olor, su calor, su forma y tamaño; todo ello fruto de sus vibraciones energéticas. Y otra piedra de igual composición y aún de tamaño será completamente diferente a la anterior y nos aportará sensaciones diferentes en nuestra profundidad; así también ocurre con tal árbol, tal peña, tal valle, tal macizo, tal lago, etc. Cada uno de estos aspectos de nuestra Abuela y Madre Tierra tiene su “espíritu peculiar”, su vibración única, su poder propio y su medicina propia. Desde este punto de vista el animismo adquiere una significación y exige nuestro respeto.

         La Danzarina Cósmica, la Tierra, realiza su ciclo dando lugar al año, nosotros lo representamos como un círculo en el que marcamos ocho puntos que coinciden con las principales celebraciones. Voy a utilizar sus nombres celtas por sernos en Europa las más conocidas y las inserto dentro del calendario maya-celta que preparé. Cuatro de ellas (Sanhain, Imbloc, Beltane y Lughnasad) ya están expresadas así, las otras cuatro coincidentes con los solsticios y equinoccios reciben los nombres celtas de Mabon, Yule, Ostara y Litha, pudiendo representarse en la rueda así:




Ernesto Cabeza Salamó

Visión Ontoenergética de la Sagrada Rueda de la Vida. Introducción.

Visión Ontoenergética de la Sagrada Rueda de la Vida.

Introducción.

     Cuando estando de pié hacemos girar el cuerpo observando el horizonte, describimos un gran círculo del cual nosotros somos su centro. Cuando representamos gráficamente la relación entre la Tierra y el Sol reproducimos varios círculos representándolo. El potencial simbólico que contiene el círculo es enorme. Pensemos en ello.
     No es de extrañar que nuestros ancestros se sintieran fascinados por el círculo y con él representaran sus verdades y principios universales.
  
   Los enigmáticos círculos megalíticos aún nos esconden grandes misterios. El símbolo taoísta del Yin-Yang con su manifestación del dinamismo esencial del universo nos embelesa con su profundidad simbólica y simplicidad. La Rueda medicinal del nativo americano con su simbolismo nos atrae vívidamente.
     Todo ello encierra profundos misterios que intuimos y nos cuesta precisar y es así porque se da en ámbito de lo arquetípico y esto supera a la razón.

     Los círculos son considerados representaciones mágicas, no porque sean hechizos o porque puedan hacerse hechizos en su interior, sino porque con su simbolismo encierran un saber, un conocimiento que va más allá de nuestra razón y, por ello, esa vitalidad, esa energía, que concentrada, puede convertirse en poder y producir consecuencias (“su medicina”).
    Los círculos son signos que representan la cualidad sagrada de cuanto existe. En ellos hay un centro observador y los acontecimientos se realizan sin que se de forma alguna de jerarquía. Todo queda igualado en la circunferencia. También el círculo es el esquema básico del organismo vivo con un núcleo y un plasma que lo rodea y una membrana que lo envuelve.
     En círculos  es muy fácil representar nuestra relación con nosotros mismos, con nuestros semejantes, con la Tierra y con el Universo. Y al poseer una cualidad dinámica, la rotación, nos representa el suceder de los ciclos de la vida, la naturaleza y los astros.
     Cada vez más nos sentimos atraídos en su contemplación y en ellos nos reflejamos contactando con nuestra afectividad por todo cuanto nos rodea en el ámbito personal, relacional, natural y transpersonal; es decir, lo espiritual.

     Para quienes sintonizamos con este sentir, nos gusta reunirnos en círculos para celebrar sus misterios implícitos. En este contexto hay que situar todo este escrito que comparto.

     Somos criaturas del Sol y la Tierra. Vivimos arropados por la Naturaleza viva de este hermoso planeta. El Sol nos da calor y luz y, con ello, la vida puede florecer y manifestar su portentosa diversidad de aspectos. Todo ello combinado con las fuerzas dinámicas de interacción de Tierra, vida y tiempo han creado una belleza sin igual.
     A toda la parte viva del planeta, en su configuración como un enorme sistema, le denominamos Madre Tierra. De ella surgimos, en ella nos desarrollamos, nos relacionamos, nos nutrimos y colma nuestras necesidades y a su seno regresará nuestro organismo con la muerte. Es pues una organización viva que nos supera inimaginablemente y de la cual dependemos en todo lo que concierne a la vida; por ello puede considerársele como “diosa”. Nuestros ancestros así la denominaban y aún hay tradiciones que, bajo distintas denominaciones, así la contemplan.


     El considerarlo y sentirlo así se lo debo a las enseñanzas de una mujer medicina mexicana, Lorena Herrera Durán, de cuya interacción me  sentí inmerso en el significado de la “Rueda de Medicina” nativa.



Lorena Herrera Durán
      Al aplicar en la vieja Europa este simbolismo me encontré con su correspondencia y similitud con la Rueda Celta. A través de la cual estos ancestros europeos se relacionaban con lo espiritual y lo natural y, estando mucho más próximo a nuestras tradiciones, la tomo como referencia en este escrito. Pero no creo que sea algo puramente celta; cuando éstos llegaron a Europa procedentes de su origen común asiático ya estaban diversificados en grupos étnicos y lingüísticos progresivamente más diversos. Y se encontraron con poblaciones asentadas que habían realizado monumentos memorables en círculos megalíticos. Con sus luces y sombras se fundieron en el discurrir del tiempo y se produjo la asimilación. Las tradiciones druídicas aún nos resultan, hoy en día, motivo de especial atención y respeto. Me dí cuenta que los celtas, en líneas generales, no diferían grandemente en su modo de vida del nativo americano de los bosques y llanuras. Por ello se despertó mi interés por ellos. Y aquí tomo como referencia su círculo o rueda sagrada que representa a la Madre Tierra, la diosa, y en ella se sitúa las cuatro direcciones  con su simbolismo, así como las otras cuatro festividades que organizaban el discurrir del ciclo anual como un reflejo de algo mucho más trascendente, numinoso.
     Dado que muchas de sus celebraciones sobreviven en nosotros, los de origen europeo, reconvertidas y adaptadas para el cristianismo; me permito utilizar su nombre propio celta como referencia y simbolismo mítico y arquetípico y no como un deseo de restablecer el culto celta de antaño.


     Como adultos con estos intereses nos es fácil contactar con el espíritu de estas celebraciones y sus significados; tenemos muchas referencias bibliográficas y lugares donde acudir en busca de información, pero ¿qué ocurre con las generaciones recién llegadas? ¿Cómo hacerles llegar este espíritu ancestral de un modo actual que les permita conectarse con el significado sensible y vivo de la diosa Madre Tierra?

     La espiritualidad debe ser algo sentido desde la libertad y en armonía con el acontecer natural y mítico; y como mítico todas las tradiciones tienen cabida sin ser unas más importantes que otras. En un mundo tan mecanicista e individualista ¿cómo creamos situaciones y experiencias espirituales armónicas con el discurrir del acontecer de la Madre Tierra?  ¿Y cómo estas experiencias pueden sembrar la certeza de que este mundo es sagrado y, en él, todas sus criaturas lo son sin excepción? Pretendo sugerir, en el ámbito familiar, el ir dando un giro en la Rueda Sagrada de la Vida y mostrar cómo se puede celebrar y sentir el fluir arquetípico y mítico en conexión con la Madre Tierra; y el sentido que tiene el discurrir de las estaciones y vida en nuestras existencias implicando a todas las generaciones de una familia. Con el convencimiento de  que puede extrapolarse todo esto a grupos más extensos e incluso a educadores  docentes.

     Sé que algunas cosas que estoy diciendo hiere susceptibilidades y a defensores dogmáticos de modos de creencias religiosas actuales. Les digo que no pretendo ofenderles ni negarlos, pero considero que no se abren en considerar sus propias creencias como una plasmación actual de un mundo arquetípico que ha existido desde el surgimiento de la humanidad y que se mantendrá aun cuando estas religiones de ahora se hayan extinguido dando lugar a otras adecuadas a los dramas culturales y existenciales de situaciones futuras. La vida es un devenir incesante creando nuevas formas y estructuras en su incesante evolución. Pretender un punto final inmóvil es realmente una ingenuidad.

     Se trata de entender y tener  recursos para celebrar estas festividades de modo íntimamente unido a las raíces espirituales de las festividades aquí en Europa;  en el contexto multigeneracional.
     Nos moveremos a lo largo del año por la Sagrada Rueda de la Vida celebrando la íntima relación entre la Madre Tierra y el Padre Sol, parándonos en las celebraciones de ocho festividades sagradas que denominaré por su nombre celta: Yule (solsticio de invierno en el Hemisferio Norte), Imbolc  (1º de Febrero), Ostara (Equinoccio de Primavera en H. Norte), Beltane (1º de Mayo), Litha (Solsticio de verano en H. Norte) Lughnasad (1º de Agosto), Mabon (Equinoccio de Otoño en H. Norte) y Samhain (1º de Noviembre). Momento en que concluye la vuelta de la Sagrada Rueda empezando un nuevo ciclo.

     Antiguamente y aún hoy día, en ciertos colectivos humanos fieles a sus ancestrales tradiciones, sus miembros se reúnen en el recinto o área sagrada de la tribu o aldea y todos, niños y adultos celebran entusiastamente el suceder de las etapas del Ciclo anual de la Vida; reflejo asimismo del acontecer en el universo y de la propia experiencia de vivir entre nacer y morir.

     Siguiendo su ejemplo así lo vamos realizar adecuándolo a la concepción ontoenergética, con sus miras hacia el desarrollo del potencial humano en el seno de la complejidad del mundo científico y tecnológico actual.


Ernesto Cabeza Salamó

lunes, 3 de junio de 2013

Celebración (Medicinal) Rueda de Gaia “La fecunda Rueda de Vida” “G A I A”

“La fecunda Rueda de Vida”

“G A I A”


         “Ante todo fue Chaos; luego Gaia, la del ancho seno, eterno e inquebrantable sostén de todas las cosas, y Eros, el más hermoso de los Inmortales, que penetra con su dulce languidez a dioses y hombres, doma los corazones y triunfa de los consejos prudentes”.

                                                                                                                         “Hesíodo”
GAIA

     Este es el título que he elegido para este proyecto y, a la vez, propósito.
La primera cita es de la Cosmogonía de Hesíodo. Sintetiza bellamente nuestro propósito. El orden creativo, nutricio, sanador y el poder del amor, inspirador y sabio.


     Ahora realizo unas cortas citas del libro: “Gaia. Una nueva visión de la vid sobre la Tierra” de J. E. Lovelock.


(…) “El resultado de esta aproximación menos dispersa fue el desarrollo de la hipótesis siguiente: el conjunto de los seres vivos de la Tierra, de las ballenas a los virus, de los robles a las algas, puede ser considerado como una entidad viviente capaz de transformar la atmósfera del planeta para adecuarla a sus necesidades globales y dotada de facultades y poderes que exceden con mucho a los que poseen sus partes constitutivas”.
Entonces el escritor William Golding se sugirió que a esta entidad de magnitud planetaria y propiedades insospechadas podía denominarse Gaia, en honor de la diosa griega de la que habla Hesíodo.
Más adelante Lovelock dice: “… hemos definido a Gaia como una entidad compleja que comprende el suelo, los océanos, la atmósfera y la biosfera terrestre: el conjunto constituye un sistema cibernético autoajustado por realimentación que se encarga de mantener en el planeta un entorno física y químicamente óptimo para la vida. El mantenimiento de unas condiciones hasta cierto punto constantes mediante control activo es adecuadamente descrito con el término “homeostasis”.” Y al final de su disertación nos dice: “Si Gaia existe, su relación con la especie humana, esa especie animal que ejerce una influencia dominante en el complejo sistema de lo vivo y el cambiante equilibrio de poder entre ambas, son cuestiones de evidente importancia.”

      La relación del ciclo astronómico de la Tierra en torno al sol, sus cambiantes y cíclicos periodos de traslación originan los ciclos estacionales y sus diferentes condiciones energéticas, dando lugar a ecosistemas con los que interactuamos mutuamente. La energía de las estaciones debidas a la traslación de Tierra, la gradación de luz y oscuridad según la cercanía o lejanía del Ecuador, el influjo de todo ello en la vida (vegetal y animal) y el cómo las gentes, sean ancestrales o del presente, lo viven y manifiestan su vida son aspectos inseparables. Lo que actualmente tenemos es que el humano, debido a una interpretación neurótica de la vida, se siente alienado, distante y en conflicto con Gaia. Reunir nuevamente todos estos aspectos de una forma íntegra, armónica y gozosa es el objetivo de este propósito y proyecto vivencial. ¡Bienvenidos a participar y contribuir a su difusión!

GAIA: La fecunda Rueda de la  Vida